“No existe la bala de plata”, sostuvo Schiavini

El biólogo e investigador del CADIC, Adrián Schiavini, advirtió que la matanza días atrás de más de 120 corderos en el norte fueguino “no es un hecho aislado sino la expresión de un problema estructural”. Además, planteó que la discusión sobre perros asilvestrados exige “asumir decisiones incómodas y no hay que descartar ninguna herramienta, dado que el impacto ya se siente en estancias, vacunos y ecosistemas sensibles. También, cuestionó la idea de que la castración masiva sea la solución. Reclamó remover perros del ámbito rural y alertó que la sociedad está decidiendo, por omisión, sobre la vida de la fauna silvestre.

Ushuaia.- La imagen de más de 120 corderos muertos en la zona de la Misión Salesiana volvió a exponer una crisis que ya no admite eufemismos, donde hoy los perros asilvestrados están generando un impacto ambiental y productivo creciente en Tierra del Fuego.

Para el doctor Adrián Schiavini, biólogo e investigador del CADIC, lo ocurrido no es un episodio excepcional sino la “manifestación visible de un fenómeno que se expande en silencio”, dijo, al tiempo que agregó que “este problema ya está pintando prácticamente todo el paisaje fueguino”, afirmó en diálogo con FM del Pueblo.

“No podemos pretender resultados sin educación, sanciones y medidas concretas”, afirmó sobre el abandono y la falta de control urbano alimentan el problema rural.

En este sentido, sostuvo que “Tierra del Fuego enfrenta un fenómeno global agravado por la falta de responsabilidad social, donde el castramiento masivo es insuficiente y que reducir la población rural es hoy una medida inevitable”.

 

No es hambre, es persecución

 

Uno de los puntos centrales que planteó el investigador es desmontar una idea instalada que tiene que ver que los ataques no responden necesariamente a la necesidad de alimentarse.

“Un solo perro puede herir y matar cincuenta o cien ovejas en una noche”, explicó.

La lógica es conductual, no alimentaria, dado que “el perro desarrolla un comportamiento de persecución ante animales que corren, cuando uno cae, deja de ser estímulo y el ataque se dirige a otro, no es que mata para comer, es un patrón heredado de sus ancestros lobunos”, señaló.

Ese rasgo convierte el problema en “exponencial, no se trata de un depredador que caza para subsistir, sino de un comportamiento que puede generar mortandades masivas en pocas horas”.

 

Bosque, refugio y corredor

 

El fenómeno no impacta de manera homogénea en la provincia. Según relevamientos realizados a partir de encuestas a productores, la estepa norte presenta menor incidencia que el ecotono y la zona cordillerana.

La explicación es ecológica, dado que “el bosque funciona como refugio y corredor biológico para los perros asilvestrados, facilitando su permanencia y desplazamiento”.

Pero el efecto ya no se limita a ovinos, sino que “ahora los perros también están atacando terneros”, advirtió Schiavini, ampliando la “dimensión del conflicto hacia la ganadería bovina”.

 

El mito de la castración como solución

 

Ante cada episodio de este tipo reaparece la propuesta de castración masiva como respuesta, para lo cual, el investigador fue tajante al sostener que “en el estado actual del problema, no es una solución suficiente”.

“Castrar no evita que el perro siga acosando y matando animales durante el resto de su vida”, explicó.

Además, planteó dificultades operativas al señalar que “capturar perros nacidos en silvestría, reinsertarlos en entornos urbanos y reeducarlos es complejo y costoso y aun si se lograra, la castración no resuelve el abandono ni la circulación de perros sueltos en ciudades”.

Además, agregó que “el problema empieza en las ciudades”, subrayó, mientras “haya perros sueltos y abandono, seguirá existiendo flujo hacia el ámbito rural”, sostuvo.

 

Una decisión ética que pocos asumen

 

El planteo más incómodo de Schiavini apunta a la dimensión ética del debate, dado que, si se descarta el uso de herramientas letales en el ámbito rural, la consecuencia no es neutra.

“Si protegemos a todas las ovejas y vacas, ¿de qué se van a alimentar los perros asilvestrados? De fauna silvestre”, advirtió.

En otras palabras, al “no intervenir sobre la población de perros, se está tomando una decisión indirecta sobre la biodiversidad nativa”.

“No existe la bala de plata”, resumió, en referencia a la idea de una solución única, simple y definitiva.

 

Educación, sanción y decisiones difíciles

 

El investigador recordó que “hay países donde no existen perros sueltos en las calles, pero no fue un proceso espontáneo, requirió décadas de educación, sanciones efectivas y políticas públicas firmes”.

“Si dejás tu perro suelto, tenés una multa que efectivamente se cobra”, ejemplificó.

Además, esos “países atravesaron procesos donde los perros no adoptados en plazos razonables fueron sacrificados, una discusión que en Argentina genera fuerte resistencia social”.

“Estamos fracasando, pero esto es un fenómeno mundial”, reconoció.

 

Un riesgo que trasciende al campo

 

El problema no se limita al impacto productivo, sino que “con el crecimiento del senderismo y el turismo de naturaleza, la presencia de jaurías en zonas rurales y periurbanas agrega un riesgo potencial para personas”.

Aunque todavía no se registren episodios graves contra humanos en la provincia, el escenario es “una variable que comienza a preocupar”.

 

Un conflicto ambiental sin voluntad política clara

 

La crisis de los perros asilvestrados expone un vacío de política pública integral, no alcanza con campañas aisladas de castración ni con apelaciones a la tenencia responsable.

El diagnóstico de Schiavini es estructural al sostenerse en reducir drásticamente la circulación de perros sueltos en ciudades, sancionar efectivamente el abandono, remover perros del ámbito rural y utilizar todas las herramientas disponibles, sin descartar ninguna por prejuicio ideológico.

“No podemos pretender resolverlo en un año”, advirtió, “pero tampoco seguir postergando decisiones”.

Mientras el debate se traba entre posturas extremas, la consecuencia es tangible, más corderos muertos, más terneros atacados y una fauna silvestre cada vez más presionada por un depredador que no es natural del ecosistema fueguino.

La pregunta ya no es si el problema existe, es cuánto tiempo más la provincia puede sostener la inacción antes de que el costo ambiental y productivo sea irreversible.

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