El economista Federico Rayes advirtió que la suba del desempleo al 7,5% a nivel nacional es solo la superficie de un fenómeno más profundo como lo es la caída del empleo formal, avance de la informalidad y un mercado laboral cada vez más tensionado. En Tierra del Fuego, la aparente estabilidad esconde un deterioro silencioso.
Río Grande.- Los últimos indicadores de desocupación difundidos por el INDEC encendieron una señal de alerta que va mucho más allá de un número. Con una tasa del 7,5% a nivel nacional en el último cuatrimestre de 2025, en alza respecto de mediciones anteriores, el mercado laboral argentino empieza a mostrar síntomas de desgaste estructural. Sin embargo, para el director de la consultora Ecotono, Federico Rayes, el dato más preocupante no es el desempleo en sí, sino la “transformación silenciosa del empleo”.
En diálogo con Radio Provincia, el especialista trazó un diagnóstico crudo al sostener que “la economía no está destruyendo masivamente puestos de trabajo en términos absolutos, pero sí está degradando su calidad y eso, advirtió, tiene consecuencias profundas en el tejido social”.
“El aumento de la desocupación es claro, pero lo que más se está viendo es un incremento de la presión sobre el mercado de trabajo”, explicó Rayes.
En términos técnicos, esto implica que “hay más personas buscando empleo, más trabajadores que necesitan sumar horas (subocupación) y una creciente migración desde el empleo formal hacia formas precarias de inserción laboral”.
Un mercado laboral en tensión
El análisis de Rayes introduce una clave central para entender el momento económico como lo es “la presión laboral”.
Este concepto engloba “no solo a los desocupados, sino también a quienes, aun teniendo trabajo, no logran cubrir sus necesidades”.
“Hay más gente que antes no trabajaba y ahora quiere hacerlo, más ocupados que necesitan trabajar más horas y más personas directamente sin empleo. Todo eso presiona el sistema”, detalló.
En ese marco, el dato del 7,5% de desempleo resulta, incluso, engañoso.
Según el economista, el impacto no es aún “catastrófico porque existe un mecanismo de contención que es la expansión del empleo informal”.
Lejos de ser una solución, este fenómeno actúa como “un amortiguador estadístico”. “Muchas personas que salen del empleo formal están siendo absorbidas por la informalidad. Pero esa absorción no alcanza para todos”, advirtió.
El resultado es un “mercado laboral fragmentado, donde el empleo existe, pero cada vez en peores condiciones, sin aportes, sin estabilidad y sin derechos”.
La promesa que no llega
El escenario actual también tensiona las expectativas generadas por el propio rumbo económico. La baja de la inflación, la apertura de importaciones y las reformas laborales eran señaladas como motores de una eventual formalización del empleo. Pero esa transición, al menos por ahora, no aparece.
“Estamos viendo la peor foto del año pasado, en un contexto donde el segundo semestre tuvo una fuerte caída de actividad. Hay indicios de reactivación en algunos sectores, pero todavía no alcanza”, señaló Rayes.
Lejos de descartar esos objetivos, el economista pidió perspectiva “son procesos que llevan tiempo, incluso años, no se puede evaluar una transformación estructural con una sola foto”.
Sin embargo, la “paciencia social no necesariamente acompaña los tiempos de la macroeconomía”.
Tierra del Fuego: estabilidad con trampa
En contraste con el deterioro nacional, el conglomerado Ushuaia-Río Grande mostró una tasa de desocupación del 6,6%, sin grandes variaciones. A primera vista, podría interpretarse como una señal de solidez. Pero el análisis de fondo revela otra cosa.
“La provincia muestra estabilidad en los números agregados, pero lo que cambió es la calidad del empleo”, sostuvo Rayes.
Los datos son elocuentes, mientras se “perdieron aproximadamente 4.700 puestos de trabajo formales, se generaron más de 5.000 empleos informales, es decir, hay más personas trabajando, pero en condiciones más precarias”, sentenció.
Este fenómeno explica por qué la “desocupación no se dispara, pero también evidencia un deterioro estructural, tenemos más empleo, pero peor empleo”, sintetizó.
A esto se suma otro factor como es el peso del empleo público, que actúa como ancla de estabilidad, aunque con pérdida de poder adquisitivo y al respecto manifestó que “cuando uno cruza los datos laborales con los ingresos, el panorama se vuelve más complejo”, advirtió.
La industria en retroceso y una alarma latente
El caso fueguino suma además un elemento de preocupación a corto plazo como lo es la caída del empleo en el subrégimen industrial, particularmente en el sector electrónico.
Según detalló Rayes, ese segmento pasó de “alrededor de 8.500-9.000 trabajadores a unos 6.900 en los primeros meses de 2026, es decir, más de 1.000 puestos menos en muy poco tiempo”.
“Este ajuste aún no impacta plenamente en las estadísticas oficiales, pero podría hacerlo en los próximos informes, habrá que ver si esa gente encuentra refugio en la informalidad o si engrosa la desocupación”, planteó.
Ganadores y perdedores del modelo
El diagnóstico del economista también apunta a una reconfiguración sectorial de la economía. Mientras algunos rubros muestran dinamismo, otros, tradicionalmente grandes empleadores, siguen en retroceso.
“Los sectores ganadores hoy son el agro, la finanza, la minería y los hidrocarburos. Pero no tienen la capacidad de absorber mano de obra al nivel que lo hacen la industria o el comercio”, explicó.
Del otro lado, los sectores “perdedores continúan siendo la industria manufacturera y el comercio minorista, pilares históricos del empleo urbano”.
La consecuencia es un descalce estructural porque “los sectores que crecen no generan suficiente trabajo, y los que lo generan siguen en crisis”.
El dilema del Gobierno: mercado o intervención
Consultado sobre la falta de recuperación en los ingresos y el empleo, Rayes fue claro al sostener que “el Gobierno apuesta a que la mejora llegue desde el mercado, no desde políticas expansivas”.
“No está optando por emitir ni por transferencias directas, está esperando que el mercado genere empleo e ingresos”, explicó.
El problema es “el timing, ese proceso puede llevar entre cinco y diez años, mientras tanto, la sociedad enfrenta el costo de la transición”.
“En el medio aparecen la impaciencia, la frustración y la necesidad concreta de vivir mejor. Esas tensiones son inevitables”, sostuvo.
Un equilibrio inestable
El cuadro que describe Rayes es el de una economía en transición, pero con desequilibrios evidentes. La inflación dejó de ser el único problema, pero no fue reemplazada por una mejora en el empleo o los ingresos.
El mercado laboral, en ese contexto, funciona como un termómetro social: muestra que hay actividad, pero no suficiente; que hay trabajo, pero no alcanza; que hay estabilidad, pero cada vez más frágil.
“El lugar de llegada existe, pero se está haciendo desear más de lo esperado”, concluyó.
Mientras tanto, los números del INDEC dejan en claro que la desocupación crece. Pero el verdadero problema, según el análisis, es otro: en la Argentina de hoy, trabajar ya no garantiza salir de la crisis.

