El 18 de enero del 2025 quedó grabado en la memoria del deporte fueguino con una noticia que golpeó fuerte a la comunidad: el fallecimiento de Héctor “Pelado” Azua, árbitro de fútbol y futsal ampliamente reconocido en Tierra del Fuego y en toda la Patagonia Sur/Sur. Su partida dejó un vacío enorme, pero también una huella imborrable en cada gimnasio, en cada cancha y en cada corazón que lo conoció.
Río Grande.- Hoy, a meses de su ausencia física, su hermano José Enrique Azua lo recuerda con emoción y orgullo, y la Liga Oficial de Fútbol AFA de Río Grande decidió organizar un torneo en su homenaje, gesto que resume lo que significó “el Pelado” para varias generaciones: respeto, enseñanza, alegría y una pasión por el arbitraje que trascendió al propio deporte.
“Este reconocimiento está bien merecido -señala José Enrique-. El cariño que la gente le tenía era realmente increíble. Muchas veces hasta a mí me sorprendía, pero él tenía su forma especial de arbitrar. Que lo recuerden así, de esta manera, es lo más lindo para todos nosotros y en especial para mí”.
Más que un árbitro: un amigo de todos
El “Pelado” no era simplemente un árbitro. Para muchos jugadores, técnicos, dirigentes y familias que lo vieron recorrer los gimnasios y canchas, fue un amigo, un consejero y hasta un formador.
Quienes se iniciaban en las divisiones formativas lo recuerdan con especial afecto. A diferencia de la figura rígida y severa que muchas veces se asocia al arbitraje, Héctor Azua era todo lo contrario: sabía acompañar a los chicos y chicas que recién empezaban, entendía sus nervios y buscaba que el juego fuera también aprendizaje y disfrute.
“Él era muy solidario con los jugadores que recién se iniciaban -recuerda José Enrique-. Como quien dice, perdonaba todo. Era su forma de ser. Yo a veces lo retaba, pero no me daba mucha bolilla. Su estilo era así, y por eso todo el mundo lo quería. La gente de la tribuna, los jugadores, todos lo recuerdan con cariño. Siempre me dicen: falta el Pelado”.
La solidaridad como bandera
Otra de las características que lo definían era su espíritu solidario y desinteresado. En cada evento participativo o con fines comunitarios, allí estaba “el Pelado”, convocando a colegas y amigos para sumarse.
No había lluvia, viento ni excusas que lo detuvieran. Cuando se necesitaban árbitros, cuando una institución requería colaboración, él decía presente. Y no sólo iba: también llevaba consigo a su hermano José, que muchas veces aceptaba participar movido por ese entusiasmo que parecía contagiarlo todo.
“Él me arrastraba a mí -cuenta José entre risas-. Yo a veces no quería ir, pero me decía: dale, vamos. Y yo terminaba cediendo porque no quería dejarlo solo. Tenía ese carisma, esa convicción de estar, de acompañar, de ayudar. Y así era en todo”.
La difícil ausencia y un pedido inolvidable
La ausencia de Héctor fue un golpe muy duro para José Enrique, su compañero inseparable dentro y fuera de las canchas. Durante un tiempo, pensó en dejar el arbitraje. Sentía que no podía continuar sin verlo en la cancha, sin compartir ese espacio que los unía.
“Al principio fue muy fuerte para mí. No verlo al frente me podía más que yo. Pensé en parar un tiempo, incluso en no seguir más. Pero después muchos compañeros me decían: él está en la cancha, tenés que estar feliz porque te acompaña. Y yo sé que es así, que siempre está conmigo”, confiesa José.
Ese convencimiento se sostiene en las últimas palabras que su hermano le dijo antes de entrar a terapia: “No dejes, yo siempre voy a estar con vos. Tenés que ser fuerte y seguir. No abandones”.
Ese pedido se transformó en motor. José lo tomó como promesa, como un compromiso de vida: continuar con el legado de su hermano y honrarlo en cada arbitraje.
El Pelado y los momentos compartidos
El recuerdo de Héctor también se cuela en los espacios más íntimos: los domingos de asado, los cumpleaños familiares, las charlas en la mesa. “Compartíamos siempre esos momentos -cuenta José-. Hoy, en esas fechas especiales, se te cae un lagrimón. Pero sé que él está conmigo”.
En cada conversación, aparece la figura de un hombre alegre, carismático, querido. Un “loco lindo”, como lo define José, que sabía hacerse querer y que sembró afecto donde fuera.
Los que lo conocieron aseguran que su sola presencia transformaba el clima de los partidos: imponía respeto, pero al mismo tiempo transmitía alegría. La cancha con él era distinta.
Reconocimiento en vida y en memoria
El homenaje que se desarrolla en Río Grande no es el único. Desde distintas ciudades, incluso desde Porvenir (Chile), llegaron gestos de reconocimiento. Para diciembre está previsto un nuevo torneo en el que también se honrará su memoria.
La dimensión del cariño hacia el “Pelado” trasciende lo local. Equipos, árbitros y dirigentes de toda la Patagonia lo recuerdan con afecto. “Tu hermano imponía alegría en la cancha -le dijeron a José en una visita reciente-. Eso es lo que nos queda: la sonrisa, la pasión y el respeto que generaba”.
Continuar su legado
Hoy José Enrique, con 60 años, sigue en la cancha. Reconoce que a veces el cuerpo le pasa factura, pero también entiende que cada partido es una oportunidad de mantener viva la memoria de su hermano.
“Decidí seguir por este año –explica-. La gente, los jugadores, los técnicos me dicen que la mejor forma de recordarlo es estando yo en la cancha. Y creo que tienen razón. Sé que si me necesitan, voy a estar”.
Su decisión de continuar es también un acto de gratitud hacia quienes lo acompañaron en este tiempo. Desde la Liga de Fútbol, la Municipalidad y sus compañeros de trabajo, hasta cada hincha y cada jugador que lo alentó a no bajar los brazos.
El Pelado, eterno en la memoria del deporte
Héctor “Pelado” Azúa ya no está físicamente, pero su legado sigue latiendo en cada silbato, en cada pelota que rueda, en cada gesto solidario de quienes lo conocieron.
No se lo recuerda solo como árbitro, sino como un hombre profundamente humano, capaz de dar lo mejor de sí en cada partido y en cada encuentro con la comunidad. Su historia se convirtió en ejemplo, y su ausencia se transformó en un símbolo de unidad y reconocimiento.
Como dijo su hermano, “la gente de la tribuna, los jugadores, los técnicos, todos lo recuerdan. Y siempre me dicen: falta el Pelado. Eso es lo más lindo. Que lo sigan recordando con cariño”.
Y es así. El Pelado está, y estará siempre, en cada cancha de Río Grande, de la provincia y de toda la Patagonia.

