(*) La Patagonia, con su superficie despojada y frágil, parece hecha para que el tiempo y el riesgo no tengan dónde ocultarse. Todo está expuesto en una piel mineral desnuda, como memoria o latencia. La abrumadora hostilidad del clima y el viento no dan lugar a que haya espesura que cubra ni abundancia dinámica que solape. Y en esa intemperie se revela tanto lo que ocurrió como lo que todavía puede ocurrir: desde suelos basálticos generalizados que atestiguan la actividad vulcánica más colosal del planeta a través de fisuras kilométricas, hasta rodados infinitos que hablan de una actividad glaciaria monumental. Pensada así, la estepa deja de funcionar como paisaje para volverse una membrana tensa; un dispositivo que renuncia a la
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