Una tarea lenta, necesaria y con la marca del cambio climático

La bióloga Luciana Mestre, integrante de la Secretaría de Ambiente y Producción, explicó los alcances del proceso de reforestación en la Reserva Provincial Corazón de la Isla, afectada por el mayor incendio registrado en Tierra del Fuego. La funcionaria destacó la magnitud del daño, los criterios científicos para la recuperación del bosque y la urgencia de tomar conciencia ambiental frente al impacto del cambio climático.

Río Grande.- El incendio que arrasó más de 8.000 hectáreas en el Corazón de la Isla fue el más extenso y prolongado de la historia fueguina. Tardó cinco meses en ser controlado y dejó un daño ecológico que aún se evalúa. 

En diálogo con FM del Pueblo, la bióloga Luciana Mestre, integrante de la Secretaría de Ambiente y Producción, analizó los pasos concretos de la recuperación del área, explicó la metodología aplicada y advirtió sobre los efectos duraderos que el fuego tiene en los ecosistemas patagónicos.

“Este fue el incendio de mayor magnitud en toda la provincia, tanto por la superficie afectada como por el tiempo que estuvo activo. Fueron alrededor de ocho mil hectáreas y más de cinco meses de trabajo continuo”, recordó Mestre.

La funcionaria aclaró que no se trata del primer episodio de este tipo en la provincia —mencionó los incendios de Bahía Torito (1993) y de 2008—, pero sí el más severo y el que obligó a un abordaje integral del Estado provincial junto a especialistas y técnicos. “Cada vez que ocurre un evento así, se realiza un diagnóstico detallado: qué quedó, si hay árboles semilleros, cuán lejos están los parches no quemados y qué tipo de vegetación intenta recolonizar el suelo”, explicó.

 

Diagnóstico y zonas prioritarias

 

El trabajo de campo incluyó análisis de imágenes satelitales y relevamientos presenciales para definir las zonas con capacidad de recuperación natural y aquellas donde es necesario intervenir.

“En algunos sectores hay posibilidades de recuperación natural, aunque muy lenta, porque la dinámica de nuestros bosques es extremadamente lenta. Pero hay otros donde la degradación fue total y la regeneración espontánea es prácticamente nula”, detalló Mestre.

En esos sitios, el plan contempla reforestación activa, dispersión de semillas o protección de brotes naturales, priorizando las áreas más críticas. “La recuperación no significa volver a tener el bosque original —advirtió—, eso sería muy ambicioso. Pero sí buscamos ayudar a que el ecosistema vuelva a tener cobertura vegetal y especies nativas que puedan transformarse en semilleros”.

 

La amenaza de las especies exóticas

 

Uno de los mayores riesgos tras un incendio de esa magnitud es la invasión de especies exóticas, que aprovechan el cambio de condiciones del suelo y la pérdida de cobertura vegetal.

“Después del incendio, lo primero que aparece son especies foráneas como cardos, dientes de león o pasturas introducidas. Ocurren porque las semillas se dispersan fácilmente por el viento o a través de los animales”, explicó.

“Estas plantas ocupan el espacio rápidamente y compiten con las especies nativas, impidiendo su regeneración. Es un cambio de paisaje profundo: donde antes había bosque, ahora puede aparecer un pastizal que no cumple la misma función ecológica”.

Según Mestre, las semillas de cardo —como el cardo mariano— y otras especies llegaron a Tierra del Fuego hace décadas, a veces de forma accidental, transportadas por el pelaje de animales o por corrientes de viento. “Son especies que antes no llegaban a las zonas agrestes, pero estos eventos abren la puerta a que se instalen y dominen”, advirtió.

 

Un trabajo a largo plazo con aporte privado

 

El programa de reforestación comenzó esta primavera y forma parte de las compensaciones ambientales del proyecto Fénix, una iniciativa energética en la que se estableció la obligación de destinar recursos a la restauración del área afectada.

“Empezamos la reforestación esta temporada y la idea es continuar por cinco años. En esta primera etapa se plantaron mil ejemplares de lengas niñeras, seleccionadas para favorecer la regeneración de otras especies”, explicó Mestre.

El proyecto incluye también mejoras logísticas y de infraestructura en el Centro de Orientación y Base de Operaciones (COVA), con instalación de paneles solares, mejoras en los caminos y acondicionamiento de los accesos al área quemada. “Todo esto facilita el trabajo de campo y permite sostener la actividad a largo plazo”, indicó.

 

Conciencia ambiental y cambio climático

 

Más allá del esfuerzo técnico, Mestre hizo un llamado a la conciencia social y al cuidado del entorno natural.

“Estamos viviendo en un lugar único, con áreas prístinas y poco impactadas. Pero si no cuidamos lo que tenemos, nadie lo va a hacer por nosotros”, afirmó.

“Estos incendios nos hacen perder espacios que no vamos a volver a ver. Plantamos árboles para que sean semilleros y dejen un pulso para el futuro, pero en un contexto de cambio climático no sabemos qué puede pasar”.

Para la especialista, la recuperación ambiental no solo es una tarea técnica, sino una forma de aprendizaje colectivo sobre la fragilidad del ecosistema fueguino.

“El primer enemigo del bosque somos nosotros mismos. Por eso, más allá de reforestar, lo importante es evitar que estos eventos vuelvan a suceder”, concluyó.

La voz de Luciana Mestre no solo refleja la mirada científica de quien estudia los ecosistemas, sino también la preocupación de una generación de técnicos que advierten sobre el impacto del cambio climático y la necesidad de una política ambiental sostenida.

El Corazón de la Isla, que alguna vez fue sinónimo de vida y biodiversidad, se convierte ahora en símbolo de resiliencia y en un recordatorio de que la restauración del bosque fueguino será lenta, pero imprescindible.

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