La industria en primera persona (Pablo Barone)

Esta nota incluye un adelanto exclusivo del libro “Gigantes de pie”, donde el autor, perteneciente a una familia de Ushuaia atravesada por la industria fueguina, cuenta en primera persona su historia relacionada con las fábricas y, mediante una muestra fotográfica, busca simbolizar los constantes vaivenes de lucha, decadencia y prosperidad que caracterizaron los últimos 30 años de la actividad.

Esta nota incluye un adelanto exclusivo del libro “Gigantes de pie”, donde el autor, perteneciente a una familia de Ushuaia atravesada por la industria fueguina, cuenta en primera persona su historia relacionada con las fábricas y, mediante una muestra fotográfica, busca simbolizar los constantes vaivenes de lucha, decadencia y prosperidad que caracterizaron los últimos 30 años de la actividad.

El vacío de lo que alguna vez fue

Mi vida está marcada por la industria. Soy hijo de obreros metalúrgicos. Yo mismo fui operario. Las fábricas fueron para mí, pasado, presente y futuro. Influyeron en mi formación como persona y forjaron mi carácter. Después de tantos años de este vínculo, mi vida está teñida de industria. Ya no puedo ver una movilización sin ponerme nervioso. Ya nadie puede llevarme por delante sin que yo reaccione.
A veces, en broma, les digo a mis padres que ellos tienen la culpa de cómo soy. Y por eso, porque me siento orgulloso de esa influencia, quiero contarles un poco de su historia, que es también la mía, para que cuando después vean las fotos seleccionadas para este libro, entiendan cuál es el sentido de su publicación y cuál es el trasfondo que buscan transmitir.
Mi papá se llama Pablo Roberto Barone. Y mi mamá se llama Gladys Beatriz López. Los dos son de Concordia, en la provincia de Entre Ríos, y esta historia comienza allí.
(…)
Todavía me acuerdo el día en que mi viejo se fue solo de la ciudad. Lo acompañamos hasta la estación del tren, que todavía andaba. Se iba a Buenos Aires primero, y desde allí se tomaba el avión a Ushuaia.
Nosotros no sabíamos ni dónde quedaba. Nos mostraban un mapa y nos señalaban el lugar. Era todo nuestro vínculo con la ciudad.
Imagínense. Solo habíamos ido a Buenos Aires una sola vez, ni pensar ir, al fin del mundo.
Mi papá se instaló en la casa de mi tía. Y a los diez días empezó a trabajar en Sanyo. Recién dos meses después nos anunció que podíamos venir.
¿Saben lo que fue irnos? Tuvimos que regalar a mi perro, que me acompañaba desde que yo había nacido. Se lo llevaron en un carro, me acuerdo. Y eso fue todo lo que dejamos. No hubo mudanza porque casi no teníamos muebles. Unas camas, una mesa con sillas, un placard, y una tele chiquita que yo me traje a Ushuaia porque era donde miraba los dibujitos.
Por un lado, en la estación estábamos todos contentos porque también era la primera vez que íbamos a viajar en tren. Pero por otra parte era durísimo dejar la ciudad. Todos mis tíos vinieron a despedirnos y ahí comenzamos a llorar. De ese momento me acuerdo perfecto, como si fuera hoy.
Del resto del viaje no tengo registro. Sé que bajamos en el aeropuerto viejo de Ushuaia. Y que estaba mi tío esperándonos con un Renault 12 color crema. Hacía frío pero no había nieve todavía, porque era marzo. Nos llevó a su casa y tuvimos que hacer tiempo hasta las doce de la noche en que salía mi papá de trabajar de la fábrica.
Me acuerdo que llegamos antes y estacionamos frente a La Anónima. Cuando se hizo la hora, se imaginan. Salimos corriendo a encontrar a mi viejo que salió de la fábrica con un guardapolvo celeste. ¡Ni les explico el abrazo que nos dimos!
Claro que los comienzos no fueron fáciles. Con mi hermana íbamos a la escuela 9. Pero no queríamos saber nada de quedarnos. Al poco tiempo ya pedíamos volver a Entre Ríos.
Mientras tanto, mi mamá, a los dos meses de llegada, empezó a trabajar en Aurora Grundig, como operaria.
Ahí empezamos a quedarnos solos. Veníamos de la escuela y ellos estaban trabajando. Nosotros insistíamos en volvernos a Entre Ríos y como “plan B” empezamos a pedir irnos a otra casa.
Mi papá atendió el reclamo y compró una casilla en el barrio Colombo. Y nos mudamos. La casa tenía agujeros por todos lados, pero nosotros preferíamos vivir ahí, y sentir que teníamos “una casa”. De a poco la fuimos arreglando, aunque papá y mamá seguían trabajando todo el día. Desde las seis de la mañana hasta las tres de la tarde, o las seis, o las ocho si había muchas horas extras. Uno en cada fábrica. Se iban juntos. Primero viajaban en colectivo. Un año después compraron un auto.
(…)
Por ese entonces las fábricas pagaban buenos sueldos. Mis padres hacían horas extras así que económicamente estábamos bien. Nos íbamos de vacaciones a Concordia. En la ruta nos encontrábamos con muchos otros empleados de fábrica, compañeros de ellos.
Yo igual les reclamaba. Como trabajaban toda la semana, los sábados nos llevaban al centro a comprar juguetes. Mi hermana y yo les decíamos: “no queremos tantos regalos, queremos que estén más tiempo con nosotros”. Ellos contestaban que era hasta poder comprar la casa, aunque nosotros no entendíamos.
A partir de 1994, la situación empezó a cambiar. Comenzaron los conflictos, como el del “tres por uno”, y también las primeras carpas que yo vi en mi vida, montadas frente a las empresas.
Mi papá y mi mamá empezaron a ir a las carpas. A veces nos quedábamos solos con mi hermana, y otras veces nos llevaban.
(…)
En 1998, Aurora Grundig quebró definitivamente. Mamá me contó que la habían echado y que no la habían indemnizado, y que un grupo de gente había empezado a hablar la idea de formar una cooperativa.
También me dijo que ella quería estar ahí, para defender su puesto de trabajo. Y de hecho empezó a involucrarse cada vez más con el proyecto.
Mi papá en esa época seguía trabajando en Sanyo, y por suerte cobraba el sueldo, hasta que en el año 2000, también fue despedido durante otra crisis de la economía.
Mi mamá no cobraba. A veces le daban dos lavarropas o jabón en polvo para que los vendiera, pero nada más.
Después a mi papá lo reincorporaron, aunque con la condición de que aceptara cobrar el 60% de su sueldo durante un año.
Era nuestro peor momento económico cuando, paradójicamente, el Instituto Provincial de la Vivienda (IPV) nos entregó la casa. Teníamos un mejor lugar donde vivir pero no teníamos plata ni para pagar la cuota. Toda una contradicción.
Mi papá empezó, entonces, a hacer changas para una empresa de limpieza, que se dedicaba a limpiar las veredas del supermercado Carrefour, y a sacar la basura de La Anónima. Y mi mamá hacia churros para vender en el “club del trueque”.
Sobre esa época durísima tengo dos anécdotas. La primera, cuando mi viejo estaba laburando en la calle, muerto de frío, y se acercó Gabriel Mateu, dueño de una fábrica de sándwiches, y le regaló dos. “Esto es para ustedes, muchachos”, les dijo.
Tiempo después, estábamos comprando en un supermercado y pasó Mateu. Mi viejo lo detuvo y mientras lo miraba, nos dijo: “este señor paró el otro día su camioneta y nos regaló comida. Yo estaba trabajando y muerto de frío. Quiero que lo conozcan”. Yo le di la mano y se lo agradecí.
En esos meses también, mi viejo iba a tirar la basura de La Anónima y había comida. Primero tímidamente y después ya no, mi papá empezó a traer a casa yogures vencidos, verduras aplastadas y algo de carne que al menos servía para alimentar a los perros. Yo no tomaba dimensión de lo que estaba pasando. Cuando llegaba mi viejo era una especie de fiesta. Revolvíamos las bolsas, lavábamos los yogures. Todos contentos. También venía gente a mi casa a buscar lo que nosotros no comíamos, compañeros de trabajo de mi mamá. Por suerte nunca nos enfermamos, salvo algún dolor de panza.
(…)
Trabajar con mamá fue algo increíble. Creo que ahí recién la conocí como mujer, no como madre.
Mi mamá es una persona reservada. No tiene mucha vida social, salvo el contacto con los demás familiares. Pero en su trabajo era otra persona. La veía interactuando con otros, siendo escuchada, imponiéndose. Ahí me di cuenta que ésa era una parte importante de su vida. Que ella dejaba en ese lugar, muchas de sus energías y construía parte de su historia.
Mi primera tarea fue en una línea de producción. En la punta estaba. Y ella pasaba o me saludaba de lejos. Siempre una vez por día, al menos, se producía ese contacto.
A veces me acercaba a tomar unos mates con ella, pero yo no iba tanto a verla. Me di cuenta que era mejor dejarle su lugar, su espacio. A mí me gustaba verla en acción. Ver cómo había aprendido. Con la computadora, haciendo pedidos, discutiendo si hacía falta.
Una vez me dijo, tajante: “en la fábrica no soy tu mamá. Acá somos compañeros”. Hasta que un día tuvo una discusión con otro empleado. Yo estaba en una oficina de al lado porque en ese momento ya había pasado a dedicarme al comercio exterior de la fábrica, así que la miraba por el vidrio. No sé por qué discutía, pero se enojó tanto, que entró a mi oficina y me ordenó: “agarrá tus cosas y nos vamos de acá”. Yo me reía mientras le preguntaba qué le pasaba, aunque no pude convencerla de quedarnos.
“Menos mal que en la fábrica no sos mi mamá”, le dije después en casa, cuando se le pasó la bronca, y me abrazó, y nos reímos mucho juntos.
(…)
Cuando entrás a trabajar a una fábrica como Renacer, lo primero que te muestran los operarios más grandes son las instalaciones, y dentro de ellas, las máquinas que están fuera de servicio.
Es ahí cuando tomás dimensión de que la empresa funciona con el 10% de su capacidad, y entonces, de repente, te das cuenta de todo lo que fue en algún momento.
Las máquinas vacías generaron en mí un simbolismo apabullante, una especie de melancolía y de testimonio viviente de la historia de mucha gente.
Recuerdo haber presenciado visitas de los chicos de las escuelas, y haber observado cómo se quedaban fascinados mirando antiguas soldadoras como si fueran computadoras de la NASA.
Un día me propuse dar testimonio de todo esto y comencé a fotografiar la fábrica. Empecé por la gente trabajando pero todos me decían que no les gustaba, que los incomodaba, y entonces volví a la fascinación por las máquinas vacías. A veces estaba horas mirando alguna sin sacar la foto. Son enormes, difíciles de abarcar en un plano, y por eso las llamé “gigantes”. Imagínense que muchas de ellas solo podrían salir de donde están, quitando el techo de la fábrica.
Después se me ocurrió que otra forma de simbolismo era fotografiar las manos de la gente trabajando. Porque entonces no era una persona, sino muchas a la vez. Miles de historias condensadas en una imagen. Una época, un modo de vida.
También era ponerle cuerpos a la muestra. Porque las máquinas solas tampoco contaban lo que yo quería decir. Las máquinas eran una parte. El vacío de lo que alguna vez fue. Pero faltaban las personas, el trabajo, la mano de obra. Las vidas forjadas en función de una actividad.
Incluí además algunas fotos de cortes de ruta, en homenaje a las luchas de los obreros. Y otras que para mí son la mirada optimista. La esperanza de que la industria perdure y sobrelleve épocas difíciles, como lo ha hecho hasta ahora.
Pasaron varios años desde aquella muestra fotográfica, llamada “Gigantes de pie”, y comencé a sentir otra necesidad: la de dejar un documento, un testimonio, un libro, que refleje esta parte de la historia de mi vida, de mi familia, y también la de tantas familias obreras.
Y dentro de esa gran historia, rescatar la de mi madre, que tanto me costó entender y que comprendí a la luz de su perseverancia y su pasión por defender la dignidad.
Desde mi humilde lugar, fui testigo de ese proceso. Fui hijo y compañero. Y sentí el doble orgullo de ver a la madre de uno, pero también a cientos de otras madres, luchando y construyéndose un rol que seguramente nunca hubieran soñado.
A su vez, convivo con la sensación de que el tiempo no ha pasado. De que las discusiones sobre el futuro de la industria fueguina se reeditan, una y otra vez.
El fantasma de la crisis, los cierres y la pérdida de empleo, sigue sobrevolando por los techos de las empresas.
No soy un necio. Entiendo el avance de la tecnología, las inversiones que se deben realizar para mantenerse a la altura de las circunstancias, las políticas que cambian y la evolución lógica que tiene cualquier sociedad.
Pero no hay que dejarse engañar. Los derechos y las necesidades de quienes ponen su vida al servicio de esos vaivenes, siguen siendo los mismos. El trabajo es un derecho que dignifica a cualquier hombre o mujer de esta tierra. Y en esta provincia, ese trabajo significó población, sueños y vidas que cambiaron para siempre.
Fuente: http://darlapalabra.com.ar

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