“Somos una de las primeras generaciones que elige hacernos responsables del territorio”

Tras años en el rubro gastronómico, Caro Maciel decidió cambiar el rumbo de su vida y apostar por un emprendimiento con eje en la soberanía alimentaria, la educación ambiental y la articulación entre productores y consumidores en Tierra del Fuego.

Río Grande. -El recorrido de Caro Maciel comienza lejos del universo agroecológico. Durante más de una década trabajó en gastronomía, un ámbito en el que se sentía cómoda, pero que dejó de resultarle suficiente en términos personales. 

Asimismo, explicó que “desde los 18 años hasta los 29 siempre trabajé de camarera. Siempre fue como mi vocación ser gastronómica. Y cuando me encontraba en el mejor momento de mi recorrido, viviendo en un lugar espectacular y trabajando en lugares impresionantes, también me di cuenta de que había algo que no me llenaba y que no me expandía”.

Ese punto de inflexión la llevó a regresar a Tierra del Fuego, donde una decisión intuitiva marcó el inicio de su transformación. “Sentí como una corazonada que me decía que me tenía que quedar. Pero me puse una sola condición, si me quedo, me quedo a apostarla toda y no voy a agarrar trabajos de gastronomía, porque si me quedo acá va a ser para redescubrirme”.

Ese proceso implicó un año de introspección y búsqueda personal que derivó, casi de manera fortuita, en el encuentro con la agroecología. El primer contacto con este campo surgió a partir de un trabajo vinculado al cultivo de cannabis medicinal en una ONG, experiencia que la llevó a vincularse con espacios de formación. “Empecé trabajando como limpieza y después fui articulando e incursionando. Había un curso en la Universidad Nacional de Tierra del Fuego que trataba acerca de la articulación con la agroecología y dije, bueno, ‘si es una forma de aprender, estoy predispuesta’”.

En ese ámbito encontró no solo conocimientos técnicos, sino también una comunidad con la que pudo identificarse, en este sentido, manifestó que “me encontré con personas desde 20 años hasta 60, con mucha historia, pero todos tenían en común la presencia, el tomarse el tiempo de compartir y de traer debates más profundos de lo banal del día a día. Y si había algo que se me dificultaba en Río Grande era eso, conectar con gente que plantee otros debates”.

A partir de esa experiencia, Maciel comenzó a problematizar el sistema alimentario y su impacto y manifestó que “descubrí la importancia de la soberanía alimentaria, de ser consciente de que nos nutrimos. Nunca me había preguntado de dónde vienen los alimentos que llegan al territorio, en qué condiciones y cuánto recorren”.

 

Una mirada crítica sobre el modelo actual

 

Su formación previa en industrias alimentarias le permitió contrastar modelos productivos y reforzar su posicionamiento. “Empecé a articular con productores que estaban marcando precedentes”.

Desde esa perspectiva, advierte sobre la creciente dependencia externa del territorio fueguino. “No siempre dependimos del continente como ahora, antes todas las casas de Río Grande tenían su huerta”, a lo que agregó que “estamos en nuestro momento más vulnerable”.

Además, vincula esta problemática con una responsabilidad generacional “siento que es nuestra responsabilidad como jóvenes adultos es dejar un mundo mejor, o por lo menos con conciencia, intervenir desde nuestro lugar”.

Luego de ese proceso, Maciel decidió avanzar con un proyecto propio, inicialmente impulsado por una propuesta familiar. “Mi papá me ofreció un tráiler para poner un kiosco, pero sentía que estaba por poner mi propia cárcel. Era una prueba del destino para ver qué tan firme me mantenía en mi convicción”.

En ese contexto, redefinió su rol dentro del ecosistema productivo y manifestó que “mi idea es darle identidad a los productores, que la gente conozca su historia, sus técnicas y de dónde vienen”.

Así surge su proyecto “Micelio”, concebido como un espacio de articulación: “Mi sello nace desde ese lugar, de ser un espacio en que se encuentren productores y consumidores, y que cuando vengas a comprar yo te pueda contar quién hizo ese producto y dónde conseguirlo”.

 

Obstáculos institucionales y limitaciones estructurales

 

Uno de los principales desafíos apareció en el plano normativo, en donde comentó que “fui a pedir habilitaciones municipales para un mercado agroecológico itinerante y me dijeron que eso no existía, que solo era para food trucks. Fue como que había ido muy subida y me bajaron de un hondazo”.

Lejos de desalentarse, interpretó ese límite como parte del proceso y sostuvo que “a cualquier otro le podrías haber cerrado la puerta a un sueño. Pero esto también es sentar un precedente para que otros puedan hacerlo”.

Ante la imposibilidad de avanzar con el formato inicial, optó por una estrategia alternativa “como tengo el acceso a pallets y espacio, se me ocurrio empezar vendiendo cajones huerteros y desde ahí crear red”.

 

Cajones huerteros y construcción de comunidad

 

El producto que actualmente impulsa combina producción, diseño y educación ambiental: “El cajón huertero propone cultivo asociativo, que en un mismo espacio tengas distintas plantas para promover la diversidad. También trabajó en el diseño y hago acompañamiento post venta”.

Más allá del objeto en sí, el enfoque está puesto en el proceso colectivo. “La idea es articular con personas que tengan sustrato, semillas de la provincia, trabajar regionalmente y depender de nosotros mismos. Que cada vez que vengas con una excusa, yo tenga una respuesta y desde ese lugar construyamos soluciones”.

 

Educación ambiental y cambio de conciencia

 

Para Maciel, el eje central no es únicamente la producción, sino la transformación cultural “la clave es la conciencia a la hora de elegir. Tener la opción de elegir implica saber que existe otra cosa. Los agroquímicos existen hace 30 años en Argentina y yo nunca había tomado conciencia hasta este curso”.

En esa línea, plantea “mi legado es darle información, compartir. Que cada persona pueda elegir teniendo la información y no desde el desconocimiento”.

También advierte sobre el rol de las familias en este proceso. “Los niños creen que la leche viene del supermercado. Es responsabilidad de los adultos mostrar la realidad y generar conexión con la tierra”.

Maciel enmarca su proyecto en una tendencia más amplia dentro de su generación en Tierra del Fuego. “Siento que somos una de las primeras generaciones que elige hacer raíces desde el amor y no desde la necesidad. Muchos nos fuimos a estudiar y volvimos por una corazonada, para hacernos responsables del territorio”.

Ese arraigo implica también construir identidad local: “Es nuestra responsabilidad generar la identidad de Tierra del Fuego desde lo regional, reivindicar a quienes producen alimento fresco y darle el valor que merece”.

 

Recepción social y proyección del proyecto

 

Según relata, la respuesta de la comunidad ha sido positiva “recibo mucho amor cada vez que cuento el proyecto. Siento que la gente conecta y que siempre queda algo de la información que comparto”.

Esa recepción refuerza su decisión de avanzar. “Siempre soñé con un lugar al que me gustaría ir, donde pueda hablar, articular, intercambiar. Como no lo encontré, lo voy a crear”.

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