Claudia Encinas y Pablo Brizuela representan a Tierra del Fuego en el Campeonato Nacional de Enduro de Mototime Argentina. Entre piedras, polvo, bosques, temperaturas extremas, lesiones y enormes esfuerzos económicos, los dos pilotos riograndenses transitan una experiencia que va mucho más allá de una competencia: es la aventura de llevar la bandera fueguina hasta los escenarios más exigentes del país.
Río Grande.- Hay competencias que se miden en segundos, posiciones y podios. Y hay otras que, además, se miden en kilómetros recorridos, sacrificios, amistades y sueños cumplidos. El Campeonato Nacional de Enduro que organiza Mototime Argentina pertenece claramente a este último grupo.
Claudia Encinas y Pablo Brizuela, dos pilotos de Río Grande, decidieron asumir este año el desafío de representar a Tierra del Fuego en un certamen nacional compuesto por ocho fechas, recorriendo distintos puntos de la geografía argentina y enfrentándose a terrenos y condiciones completamente diferentes a las habituales en la isla.
Ya disputaron seis jornadas y se preparan para la séptima, el exigente Transmontaña de Jujuy, una competencia considerada la fecha más importante del campeonato y que tiene una particularidad determinante: se disputa obligatoriamente en pareja. El cierre del certamen será en Mendoza.
El camino comenzó en Villa Larca, San Luis. Luego llegó el Transvelasco, en Chilecito, La Rioja; la tercera fecha tuvo como escenario Capilla del Monte, Córdoba; la cuarta se trasladó a Salta; la quinta fue el Desafío Misiones y la sexta, la Carrera del Lago, en Tucumán.
Un recorrido que, para cualquier piloto, supone un desafío enorme, pero que para dos representantes de Tierra del Fuego adquiere otra dimensión por la distancia, la logística y los costos que implica trasladar personas, motos, indumentaria y todo el equipamiento necesario hasta el norte argentino.
Un enduro completamente diferente
Uno de los grandes aprendizajes de Claudia y Pablo fue descubrir que el enduro que se practica en el norte del país tiene características muy diferentes al de Tierra del Fuego.
En la isla predominan el barro, los bosques, las raíces y la humedad. En cambio, en buena parte de las fechas nacionales encontraron terrenos secos, piedras, polvo, ríos sin agua y senderos estrechos que atraviesan montañas.
“Nosotros fuimos con otra cabeza. Pensábamos que andábamos bien y cuando llegamos allá encontramos otra realidad”, explicó Pablo.
La adaptación no fue sencilla. A eso se sumaron temperaturas superiores a los 30 grados, una situación particularmente dura para pilotos acostumbrados al frío fueguino y que deben afrontar esas condiciones con casco, antiparras, guantes y toda la indumentaria protectora.
En Misiones, Claudia llegó a soportar temperaturas de 34 y 35 grados dentro del bosque.
La paradoja apareció desde la primera fecha. Mientras los pilotos locales evitaban un pequeño sector de barro en San Luis, los fueguinos avanzaban directamente por allí. Para ellos, aquel terreno era conocido.
“Nosotros por el medio, porque era lo nuestro”, recordó Pablo entre risas.
Pero también descubrieron el otro lado de la moneda: cuando aparece el barro en el norte, muchos pilotos locales no saben cómo resolverlo, mientras que para los representantes fueguinos esas condiciones forman parte de su ADN deportivo.
Claudia, tercera y con la bandera fueguina bien arriba
Dentro de la categoría femenina, Claudia Encinas se encuentra tercera en el campeonato.
La divisional cuenta con alrededor de 30 mujeres que han participado en las distintas fechas, aunque el ranking contempla hasta 20 posiciones. La cantidad de participantes varía de acuerdo con la provincia anfitriona, ya que la cercanía favorece la presencia de pilotos locales.
Claudia y Pablo, sin embargo, tomaron una decisión desde el comienzo: intentar estar presentes en las ocho fechas. “Ese fue el objetivo”, sostuvo Claudia.
La piloto riograndense compite habitualmente con una Yamaha XTZ 125, aunque para la próxima competencia deberá afrontar una situación particular. Su moto, modelo 2025, quedó temporalmente imposibilitada de realizar el trámite correspondiente para regresar a la isla, por lo que debió buscar una alternativa.
Un amigo conocido durante las competencias, residente en Buenos Aires, le facilitará una Beta 300 para correr en Jujuy.
Para llegar en condiciones, Claudia comenzó a entrenar con la moto de Pablo, una 250, buscando recuperar sensaciones y adaptarse nuevamente a una cilindrada mayor.
No será una experiencia completamente desconocida: cuando pasó a una moto grande, su primera máquina fue precisamente una Beta 300.
La mujer que encontró en la moto una nueva forma de libertad
La relación de Claudia con el deporte viene desde mucho antes de las motos. Practicó natación y distintas disciplinas, además de mantener una preparación constante con gimnasio y bicicleta.
Pero las motos siempre estuvieron allí.
Cuando comenzó a trabajar pudo comprar su primera máquina y, poco a poco, fue adquiriendo el equipamiento necesario. En los comienzos también recibió ayuda de personas que le prestaban casco, pechera y botas.
Los primeros tiempos fueron de aprendizaje, golpes y experiencias. La propia Claudia recuerda que, al principio, muchas veces era la moto la que parecía llevarla a ella y no al revés.
Con el tiempo, el vínculo se transformó en dominio, pasión y competencia.
Y dentro de un ambiente históricamente asociado a los hombres, su presencia adquiere todavía mayor significado.
Claudia celebra que cada vez sean más las mujeres que se animan a competir en motocross y enduro, porque entiende que el deporte dejó de tener etiquetas.
“Ya no es tanto de hombres, sino que puede hacerlo cualquiera”, expresó.
Pablo y una pasión nacida en el barrio
La historia de Pablo Brizuela tiene otra raíz, aunque desemboca en el mismo lugar.
Su pasión comenzó en la infancia y tuvo dos grandes responsables: su padre, Carlos, y Nahuel Benítez.
Pablo practicó fútbol y ciclismo, pero fue acompañando a su padre a distintos eventos deportivos, entre ellos la tradicional Vuelta a Tierra del Fuego, cuando comenzó a descubrir el mundo del motociclismo.
A pocos metros de su casa vivía Nahuel Benítez, quien tenía un taller. Para aquellos chicos del barrio, escuchar el motor de una moto era prácticamente escuchar música.
Se acercaban para verlo limpiar las máquinas, acelerarlas y prepararlas para competir.
Aquella admiración quedó grabada.
Incluso recuerda las demostraciones de Nahuel con su bicicleta, cuando saltaba sobre un grupo de chicos que se ubicaban en la calle. Para Pablo, Benítez fue un ídolo de la infancia y una de las figuras que alimentaron aquella pasión que todavía permanece intacta.
Quizás por eso, cuando hoy corre, Pablo no piensa únicamente en ganar. También busca disfrutar, hacer un wheelie, levantar un brazo, sacar una pierna o regalarle un gesto al público.
Porque, en definitiva, aquella pasión nació precisamente de mirar a otros disfrutar de una moto.
Una categoría que obliga a acelerar al límite
Pablo compite en una categoría particularmente exigente, donde se fusionan Junior A y Senior B para el ranking general.
La situación genera una competencia muy dura, ya que los Senior B son pilotos experimentados que, pese a superar los 31 años, mantienen un ritmo extremadamente fuerte.
Por eso, para Pablo, ubicarse dentro del top cinco representa un resultado de enorme valor.
Además, existe una diferencia entre los resultados de cada carrera y el ranking general del campeonato, donde ambas categorías quedan unificadas.
El desafío se vuelve todavía mayor para un piloto que llega desde Tierra del Fuego y debe adaptarse a una modalidad de enduro distinta.
Las carreras pueden reunir alrededor de 600 o 650 motos. Los competidores largan por tandas y con intervalos determinados, pero en el recorrido terminan encontrándose pilotos de todas las categorías: hombres, mujeres, masters, principiantes y jóvenes.
En algunas pruebas, como la de Chilecito, la modalidad fue de punto a punto, recorriendo aproximadamente 145 kilómetros, en una experiencia que Pablo comparó con la Vuelta a Tierra del Fuego.
El deporte que también construye amistades
Para afrontar semejante desafío, Claudia y Pablo comenzaron prácticamente a pulmón.
En las primeras fechas, los sponsors cubrían aproximadamente el 20 por ciento de los gastos. El resto salía de sus propios bolsillos.
Y allí apareció una particular estrategia que ya se convirtió en una tradición: vender pizzas caseras antes de cada competencia.
Entre los dos preparan las pizzas, las ofrecen durante los fines de semana y destinan lo recaudado a financiar los viajes. También realizaron rifas y apelaron a distintas alternativas para poder sostener el proyecto.
Las primeras cuatro fechas incluso las realizaron trasladándose en su propio vehículo, con el enorme desgaste económico y de tiempo que eso implicaba.
Después encontraron una alternativa más eficiente: enviar las motos por camión mediante un convenio con una empresa local de trasporte, mientras ellos viajan en avión hasta Buenos Aires y continúan por vía terrestre.
La logística se transformó así en otra carrera dentro de la carrera.
Ayudas que llegaron desde distintos lugares
Con el paso del campeonato, el proyecto comenzó a ganar visibilidad y aparecieron nuevos apoyos.
Para la fecha de Misiones, luna diputada nacional colaboró con los pasajes aéreos y terrestres. Para la competencia siguiente, el gobernador Gustavo Melella aportó los pasajes aéreos y la diputada nuevamente ayudó con el tramo terrestre.
A la par, comenzaron a sumarse empresas privadas y colaboradores vinculados directamente con el deporte local que brinda asistencia de taller. Pablo, además, comenzó a involucrarse cada vez más en la mecánica y una escudería local, ambos avanzan en la preparación de sus propios motores.
En Tucumán, además, Gastón Coronel les facilitó casa y camioneta para resolver buena parte de la logística.
La lista de agradecimientos es larga porque, en este campeonato, cada ayuda cuenta.
Una lesión, una recuperación y la decisión de no bajar los brazos
Pablo también debió enfrentar un obstáculo físico. Durante la competencia de Salta sufrió una caída que le provocó una fractura en un dedo del pie y la luxación de otros dos.
La lesión le impidió competir en Misiones, aunque Claudia sí estuvo presente.
Tres semanas después de recibir el alta, Pablo volvió a acelerar en la última fecha, todavía en recuperación.
Su objetivo es claro: completar el campeonato.
Porque cuando una categoría obliga a acelerar al límite, las caídas forman parte del riesgo. Pero para ellos, detenerse definitivamente no aparece como una alternativa.
Un reconocimiento que llega desde Europa
En medio de todo este esfuerzo apareció una noticia especialmente significativa para Claudia.
La marca europea Marca Europea la eligió como representante en Argentina.
Se trata de una empresa vinculada a los mousses utilizados dentro de las cubiertas de las motos, elementos que funcionan como una alternativa a la cámara convencional y permiten evitar los inconvenientes derivados de una pinchadura.
El reconocimiento no solamente contempla el apoyo con los productos. Claudia también comenzará a comercializarlos en Argentina, convirtiéndose en una representante de la marca.
Para una piloto que llega desde el Fin del Mundo, que una empresa europea haya puesto sus ojos en ella representa mucho más que un sponsor.
Es también una confirmación de que el esfuerzo realizado comenzó a trascender las fronteras de Tierra del Fuego.
Mucho más que un trofeo
Claudia y Pablo saben que todavía queda camino por recorrer.
Jujuy espera con el Transmontaña, una prueba en pareja, exigente y considerada central dentro del campeonato. Luego llegará Mendoza para ponerle punto final a una temporada inolvidable.
Pero mientras preparan motos, equipaje y logística, ambos tienen claro que el verdadero resultado de este viaje no se encuentra únicamente en una tabla de posiciones.
“Un trofeo lo podés ganar este año, el otro año, el que sigue, pero la experiencia y la amistad que estamos haciendo es algo impagable”, resumió Pablo.
Y allí está, quizás, la esencia de esta aventura.
Dos riograndenses que partieron desde el extremo austral, llevando consigo sus motos, sus sueños y una bandera fueguina. Dos pilotos que aprendieron a enfrentarse a la piedra, al polvo y al calor del norte, pero que también descubrieron algo mucho más valioso: que detrás de cada largada puede existir una mano tendida, una casa abierta, una camioneta disponible, una familia que recibe, un amigo que aparece y una nueva amistad que queda para siempre.
Porque el Nacional de Enduro les está enseñando que la carrera no termina cuando se apaga el motor.
A veces, recién allí comienza la parte más importante.




